Creía estar coqueteándole, sin siquiera darse cuenta que le estaba escupiendo en la cara esa saliva con olor a tequila y borrachera. Ella lo mira de la misma manera que miraba a su padre, entre el temor y el orgullo, no podía negar que el estado de su acompañante le gustaba, le hacía sentir más fuerte, le hacía ver que por alguna vez ella tenía el control.
El borracho iba y venía creyendo que aún era capaz de dominar su cuerpo, las gotas de saliva en la cara de su compañera demostraban lo contrario. La situación comenzaba a volverse tensa para el hippie de la mesa de al lado y su compañera que podría ser inclusive su madre, lo mismo para la noruega de pelito corto que lee en medio del bochinche sin darse cuenta que está en un bar y que son la una y treinta y dos minutos de la madrugada. El borracho se levanta bruscamente con la cuenta en la mano, empieza reclamando con los aires propios de una botella de tequila en la sangre, luego se va encogiendo, chupando, como los limones que acaba de succionar, pero vuelve airoso con aquella frase , que en el fondo le encanta hacer pública a esa hora de la mañana: “Aunque me estás viendo la cara de cojudo, toma tus treinta y siete dólares y que te aprovechen”, el barman lo mira indiferente, es la historia de todas las noches y se la sabe de memoria.
La noruega se asusta y cierra el libro sin marcar la página, los meseros se acercan al estafado y pretenden calmarlo inútilmente. El barman acepta los treinta y siete dólares , pero por un momento piensa en el aquel pobre hombre, el reloj incrustado en su sistema le recuerda que no le pagan por pensar en el cliente, con lo que le pagan a duras penas todavía se reconoce él mismo.
¡Gracias! – se oye desde el fondo.
Es la señal de que el bar está cerrando , más allá de los quejidos de un borracho que se siente estafado y del primer beso que ya le ha dado la cuarentona al hippie, ni que decir de la guía de hoteles y lugarcitos turísticos que la noruega venía subrayando desde el inicio del escándalo.
En la puerta ,dos hombres vestidos idénticos ,esperan la salida del señor y la señora; los ven bajar, él todavía exaltado y retorciéndose como una coctelera, con las dos últimas gotas que le quedan a la botella de tequila y un shot ,que se ha traído en señal de venganza a la estafa que le han cometido. La mujer tras él sosteniéndolo con dificultad, llevándolo,
como la marioneta que le hubiera gustado maniobrar ,pero no pudo.
Lo apoya a la puerta del auto y camina hacia el bar. Sube las escaleras casi con desespero, en cuanto entra al lugar se calma y da la impresión de que camina hasta la barra, al compás de una de esas canciones que sólo sirven para sacar a la gente de un bar.
Se apoya en el mesón y con un dedo llama al barman, lo besa en los labios y le parece que es ella ahora quien tiene un olor insoportable a tequila.
Está en la calle sola, rodeada solamente por un grupo de metaleros de chaqueta negra y pantalones apretados, le parece que más de alguno la mira detenidamente, lamentablemente hace tanto que no camina por la calle, que su primer pensamiento se dirige más hacia el asalto, la violación, el secuestro y la desgracia ,que al hecho de que
tiene un buen culo y que son las dos de la mañana.
Camina, tose, corre, corre más rápido , porque cree que alguien la sigue, se limpia la saliva de la cara, se cambia de vereda, los taxis le coquetean, le ofrecen basuko, hot dogs, 2x1 en un bar, parece que todos estaban esperándola ;la calle es para quien tiene cosas que decir, a esos no les importa el frío ni la hora ni el miedo.
Quiere bailar salsa, pero no tiene plata para pagarle a un negro que le enseñe, además le duelen los pies. Se sienta en un banco a esperar que pase algo; un taxi le vuelve a hacer luces; la noruega, ajena a todo, entra en un hostal que parece extrañamente noruego.
Se levanta ligeramente del banco y trata de escuchar la conversación de dos muchachos, hablan de la arquitectura de la zona, de los colores de las casas, del olor de esas calles, cree que están actuando para tenderle una trampa, que la han seguido durante meses para hacerle cualquier cosa. Pero los muchachos se suben a un taxi y se van sin siquiera verla.
Se levanta y se resigna, camina decidida a encontrarse con su acompañante, al fin y al cabo un poco de saliva en la cara no le harán tanto daño.
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