sábado, 14 de agosto de 2010

Planta

Una planta, un cenicero, la cortina, el espejo, los zapatos y la alfombra; todo lo veía azul. Tendido en el piso con los ojos dilatados a punto de cerrarse, la habitación entera se mostraba fría como el invierno que hace tanto no veía. Buscó entre los discos que tenía a mano y no dio con ninguno que le apeteciera escuchar, no se extrañó, hacía ya bastante tiempo que la música no le causaba la sensación de antes, le venía fastidiando desde hace tiempo, los pocos recuerdos que le traía eran siempre dolorosos, tristes.

Quiso llamar por teléfono pero la línea estaba cortada, nunca se acordó la fecha en que vencía la factura y ni siquiera sabía desde cuando estaría muerta. Lo mismo le pasaba con él mismo. ¿Desde cuándo estaba en aquel estado decadente viendo todo azul y reptando por las paredes?, quien lo sabe, cabe la posibilidad que desde siempre.

Afuera supuestamente había un mundo que se movía vivo y latente como una vena reventando de sangre, eso era afuera y ese era otro mundo, uno que no sabía nada de él, uno que todavía oía canciones del pasado y sentía algo adentro,¡ vaya fortuna!

No tenía la más leve intención, al menos por ahora, de volver a visitarlo ni de sumergirse en sus laberintos, en sus mentiras, en sus mañanas calurosas, en su tráfico despiadado ni en el saludo cordial de sus vecinos.

Para qué sembrar una planta, para tener que regarla dos veces por semana y quitarle las hojas muertas, quién hace con él lo mismo, quién le alcanza los discos que le gustaría oír o le recuerda que tiene que pagar la cuenta del teléfono.

Se levanta como puede tratando de caminar con el cuerpo erguido y los ojos abiertos, como lo haría cualquier ser humano normal, pero ha perdido la costumbre y la normalidad así que vuelve a reptar como pidiendo disculpas por haberlo intentado. Vuelve a sentir que es una mierda una vez más y no logra entender por qué ni durante cuánto tiempo lo ha sido y lo seguirá siendo. El azul se hace cada vez más insoportable y cada minuto revive alguna melodía que no puede descifrar en su cabeza de mierda y cansancio.

Llora como un niño grande que sabe que no existe consuelo ni abrigo para un dolor tan grande, tal vez en ese mundo de afuera del que no quiere ser parte otro llorará más fuerte y más triste y reptará igual que él buscando algo que como él no tiene la más puta idea de lo que es, pero es poco probable y al fin de cuentas ni siquiera le importa.

Entonces qué hace, cómo se quita el azul de encima y cómo se para , aunque sea para seguir vivo fuera de ese mundo , pero dentro del suyo. Si lo supiera o si al menos tuviera la más mínima pista. No hay nada, ni una sola señal ni un pasadizo secreto ni una puerta , ni un boleto. Las lágrimas han comenzado a inundar el cuarto y el azul se ha tornado en un celeste pálido como el cielo en la madrugada, se ha mojado la alfombra y han crecido algas entre los tejidos; con sólo abrir la puerta estará a salvo, pero parece no considerarlo como opción válida de escape. Los últimos minutos son los únicos felices y traen consigo visiones del futuro que dejó escapar: fotos, bailes, roces, pequeños , majestuosos cuentos y sonidos, aires que traen olores a tierra mojada y a cigarrillo.

Finalmente se inunda todo, el celeste se torna blanco y se disuelve.

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