Sabía que debía bajarse en la segunda estación, era lo único que tenía claro, eso y la imagen que había visto en su sueño la noche anterior. Había soñado que a través de un camino empedrado subía hacia una montaña, lo extraño era que todo se veía como en un dibujo animado, con colores fosforescentes;, aquellos colores se le hacían extrañamente similares a los que ahora veía por las ventanillas del tren destartalado en el que viajaba.
El cielo la acompañaba callado y cómplice y el olor de los pinos que se extendían por el borde del camino y que se perdían en el trayecto, le aseguraban que estaba próxima a arribar.
Ese mismo fosforescente de su sueño se tornaba ahora real , manifestándose en las medias y los chales de las mujeres que se aprestaban a subir al tren. Iban apresuradas, hablando entre si en aquel idioma que nunca pudo comprender.
- El volcán, mira mira ... despejadito
Escuchó decir a un niño de mejillas coloradas , quien después de entrar la cabeza por la ventana se escondía bajo la falda de su madre y la miraba con desconfianza.
El tren se detuvo bruscamente, un vómito incontenible brotó de su cabeza, el jugo biliar reprimido durante doce meses ensució la pureza de aquel cielo despejado e inundó aquel aire familiar de una nostalgia profunda, casi desgarradora.
- Septiembre... , pensó, y el viento chocando rudo contra su cara delgada , confirmó el pensamiento con un soplido retumbante y musical, como el de un compás de bombo y platillo. Levantó la vista como si estuviese buscando el principio de aquel sonido , pero no pudo, vio sólo a las mujeres de los chales fosforescentes corriendo por el puente. Corrió ella también y el viento aclaró sus recuerdos.
Hacía doce meses, exactamente en esa misma fecha Antonia había llegado por primera vez a esa misma pequeña ciudad, venía viajando desde el Perú tomando fotografías en cada pueblito y a cada fiesta popular. Traía la piel reseca producto de varios meses en el inhóspito desierto peruano aunque dentro de su cuerpo también se movía peligrosa la humedad pegajosa de los pueblos de la costa.
Llegó , y su única certeza era que debía fotografiar la fiesta de la virgen de Mercedes que se desarrollaba cada año en la ciudad, la misma que gozaba de gran notoriedad por su colorido y su extraña mezcla de paganismo y devoción.
Era una mañana soleada y el viento parecía llevarla de la mano invitándola a recorrer esas angostas y empedradas calles. Caminó por mucho tiempo y al fin fue a dar con la comparsa de bailarines, abanderados e insólitos personajes , completamente ajenos a los que había visto en su largo recorrido fotográfico por el folcklore de esta parte del mundo y a los que guardaba celosamente en una colección de álbumes . Se movían todos sincronizados, sonrientes, mirando al cielo con sorprendente concentración.
Se dispuso a disparar, se ubicó en los lugares supuestamente idóneos tanto en lo que a luz y encuadre se refiere , pero el tumulto y el calor no le permitieron más que una o dos tomas. Estaba acostumbrada a capturar , costara lo que costara , las imágenes que le parecieran interesantes así que decidió adentrarse dentro del desfile mismo, dispuesta a incorporar cada detalle de aquella fiesta a su colección. Después de luchar con mujeres, niños y pisotones se encontró con la música tan cerca de sus oídos y tan dentro de sus huesos, que no se dio cuenta cuando estuvo ya en otra calle y en medio de otro grupo de bailarines.
Las fotografías fluían una tras la otra, cada imagen capturada ahora iba acompañada de un platillo, de una nota de saxofón, de un redoble de bombo.
El calor era sofocante , Antonia lo aplacaba con largos sorbos de las bebidas dulces y acarameladas que le brindaban sus compañeros de trayecto.
La comparsa parecía ser eterna, las piernas de los bailarines al compás de la melodía y de los ¡viva la virgencita de Mercedes! eran como un rollo interminable donde cada instantánea parecía volver a recargarlo ,revelando la pasión de ese grupo de almas. Antonia caminaba y sentía que empezaba también a bailar , pero el cuerpo le pedía a gritos un descanso. Se sentó en la vereda un tanto mareada, pero habían tantas posibles fotografías interesantes que se propuso un descanso minúsculo para luego seguir con su tarea; casi al instante de haberse sentado uno de los bailarines se acercó a ella, parecía ser un hombre, vestía completamente de blanco, su cara estaba teñida del mismo color y en ella se dibujaban de extremo a extremo una infinidad de líneas negras perfectamente delineadas. El original personaje la agarró de la mano y la obligó a seguir su curso mientras pronunciaba: - “Cotopaxi” “Chimborazo” “Carihuairazo” dando grandes brincos, Antonia se dejó llevar, fueron vueltas y vueltas, piruetas, saltos, un poco de movimiento. Flashes y disparos salían de la cámara reteniendo cada momento. Bailaron y rieron hasta que en un momento ya no pudo recordar nada más.
Cuando recobró la razón se encontró pretendiendo quitar la pintura del rostro de aquel hombre, estaban abrazados, en un callejón oscuro y desolado. Talvez el sonido lejano de la música , que aún sonaba, le quitó el miedo que normalmente hubiera sentido en una situación como aquélla .
Se apartó lentamente del sujeto, pero éste no pareció inmutarse y continuó inmóvil, retrocedió unos pasos y a un costado vio su cámara tirada en el piso, abierta como si hubiera sido forzada y sin el rollo donde había guardado las almas y la pasión de toda esa gente.
Un silencio largo y desesperante se interpuso entre los dos hasta que el hombre reaccionó como si hubiera despertado bruscamente de una pesadilla ; la miró y sonrió tiernamente. Antonia, mezcla de impotencia y cólera lo observó y se dirigió a él:
- Qué hiciste, qué pasó con mi cámara?
- Antonia – dijo él ,observándola con compasión
- No se acuerda del baile, de la música, escuche si todavía suena
- Mi cámara, mis fotos...
- Sus recuerdos, - sonrió el hombre mirando hacia el cielo negro y profundo
- Se fueron, se borraron con el ritmo de la música que bailamos todo el día ... le molesta?
Antonia no alcanzó a entender lo que pasaba, se sintió burlada por ese desconocido pintado de blanco, pero no podía más que verlo y tratar de recordar los recuerdos que ya no tenía.
- No son necesarias sus fotografías ahora, no son necesarias las imágenes hoy día, lo que debe importarle ahora no es ver. Sienta ese sonido, ese tambor, como se mezcla con el silencio que viene de la montaña.
Contempló su cámara sobre el empedrado y cuando levantó la vista el hombre ya no estaba, sólo sonaba la música y el cielo parecía venírsele encima.
Hoy, un año después, Antonia corre por ese puente con el viento golpeando su cara, ya no trae la cámara y no sabe con seguridad a que vuelve a la pequeña ciudad. Corre hasta encontrar la comparsa como lo ha hecho un año antes. Se detiene y le parece ver nuevamente al hombre vestido de blanco bailando con un grupo de forasteros , entra al desfile y comienza a bailar casi instintivamente, hace el mismo recorrido del pasado septiembre , pero le parece que lo hace por primera vez. Así está hasta entrada la tarde.
Cuando la comparsa empieza a subir una cuesta alcanza a distinguir el callejón oscuro; escenario del insólito incidente de hace un año ; camina hasta la angosta callecita y la ve vacía, en el suelo empedrado una fotografía se ilumina con los últimos rayos de sol de la tarde, la levanta con temor y se ve en ella, completamente feliz bailando dentro de un círculo de hombres vestidos de blanco. La mira por unos segundos y vuelve a depositarla en el mismo lugar.
Corre hacía la comparsa metiéndose en el medio. “Cotopaxi”, “Chimborazo” “Carihuairazo” escucha casi como un susurro en su oído , cierra los ojos y puede al fin sentir la música.
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