sábado, 14 de agosto de 2010

Delicias de Chejov

Esa noche leía un cuento de Chejov. Los nombres propios en ruso los salteaba, siempre había tenido problemas con los idiomas – para quitarme esa culpa trataba de pronunciarlos en voz alta una y otra vez-. Para eso eran ya las cuatro y cuarenta, se presentía cercano el cyan agudo de la madrugada, los perros, los autos, y el sol. Cuánto miedo les tenía, no sé hasta ahora por qué.

Un vientecillo se colaba no sé por donde y Chejov pedía a gritos que lo cerrara, pero el cuento era interesante y parecía transportarme hacia la Rusia de ladrones de caballos, de mujeres robustas y misteriosas, de hombres dispuestos a todo por defender su honor y el de Rusia, por consiguiente. Me pregunté si Chejov estaría preparado para ver a Rusia hoy. Me pregunté si estaba yo preparado para ver el día siguiente, para amanecer.

Había llegado a casa hacía unos cuarenta minutos tras un día fastidioso y sin mayores novedades en la librería, salvo por el encuentro que había tenido con una mujer ,durante el almuerzo,; era una antigua clienta que solía ir los fines de mes y se llevaba dos o tres libros, casi siempre de cocina exótica, afrodisíacos y temas afines.

Después de un almuerzo bastante grato ,mi clienta me invitó a su casa esa noche, me había contado que vivía con su madre en un departamento al oriente de la ciudad. A la muerte de su padre habían quedado las dos solas en el mundo y ella no había tenido valor para irse a vivir en otro lado.

Le dije que estaba un poco cansado – no quise imaginar a la señorita y a su madre conversando de recetas y pócimas del amor- pero ella insistió. Con desgano me vi aceptando y quedamos en vernos a las ocho.

La tarde transcurrió lenta y pesada; dos chiquillas adolescentes buscaban un libro de autoayuda, un hombre maduro preguntó tímidamente si tenía algo erótico a lo que respondí afirmativamente. Una pareja se escabullía entre los estantes más en actitud de alegres y románticos novios ,que en busca de literatura; aunque fuese de la más burda y barata.

Al fin las seis, me recorría una sensación extraña, mezcla de alivio de escapar de aquella pasarela de personajes decadentes y de pereza, al pensar que me había comprometido con la señorita y tendría que asistir a la invitación.

Toqué a la puerta y una mujer de unos cincuenta y cinco años me abrió atenta y sonrientemente. El departamento era viejo o al menos el maltrato y el descuido le daban ese aspecto. Oscuro, con pesadas cortinas verdes y unos muebles de cuero de los setenta, decorado con una gran cantidad de figuritas de porcelana que le daban aspecto de bazar.

En silencio la mujer me acompañó a la sala, sujetándome del brazo con sus manos gruesas y casi sin arrugas, olía a perfume barato de durazno y a pesar de su calma parecía estar algo inquieta, como esperando algo o a alguien.

Sobre la mesa del comedor una cantidad exorbitante de platillos; de todos los tamaños, formas, colores y aromas. Desde rosáceos camarones hasta negras y relucientes aceitunas, sobre una de ellas el diminuto dedo de mi clienta saludándome y festejando que hubiera aceptado la invitación.

Sus manos se movían sutilmente y resaltaban de manera especial , tal vez por ser lo más protuberante de su cuerpo pequeño y delgado, su cabello negro en el que ya asomaban algunas canas le hacía aparentar muchos más de los treinta y dos años que tenía.

La madre puso algo de música – a tan bajo volumen que no pude distinguir qué y quién sonaba- nos sentamos en los sillones de cuero y comentamos sobre cómo había cambiado el clima, lo inseguro que les resultaba vivir solas en el sector oriente y sobre otras muchas trivialidades.

Mientras transcurría la conversación, mis anfitrionas fueron ofreciéndome uno a uno los platillos de la mesa, en realidad en un principio me los ofrecían, más tarde me encontraba yo casi imantado a la mesa probando uno tras otro aquellos deliciosos manjares ,y agradeciendo haber aceptado la invitación aunque fuese para deleitarme con tan deliciosa comida.

Serían ya las once y de los platos de la mesa sólo quedaban restos, la conversación continuaba siendo tan aburrida como en un comienzo y una sensación extraña me recorría los huesos, cambiaba de posición y movía las manos con rapidez. Madre e hija me miraban atentamente y pude darme cuenta cómo se hacían cómplices en una risita burlona y tal vez un tanto sensual.

Levanté la vista hacia el mueble tras la mesa, entre tazas y copas de coñac la colección completa de recetas afrodisíacas; “Sabores para no dormir”, “La magia del chocolate” y otras decenas de títulos en ese estilo me hicieron comprender. Me pareció ver impreso en una pasta “Como seducir a un vendedor de libros”, eran tantos títulos y todos se presentaban tan escalofriantes en ese momento que no puedo ahora separar la realidad de las alucinaciones propias de aquel estado.

Completamente aturdido pretendí, en vano, recordar los sabores que había degustado horas antes y entonces las vi. Madre e hija; cómplices, inclementes, dominadas por un sentimiento que las hacía ver como dos fieras dispuestas a devorar a su presa hasta el último bocado, decididas viniendo hacia mi.

Lo que sucedió después prefiero omitirlo con afán de preservar mi salud mental y me atrevería a decir que incluso la del lector, me permito solamente acotar que hubiera preferido morir en manos de una misteriosa mujer rusa o ajusticiado por un ladrón de caballos en un frío invierno soviético.

No se cómo llegué a casa, lo único que recuerdo es que tenía sueño y me dolía el estómago. Quise dormir, pero se me hizo imposible ,así que opté por leer un poco. Me decidí por un libro de cuentos de Chejov que estaba sobre el velador. Cuando empezaba a leer me distraje viendo hacia la ventana, vi el cyan agudo de la madrugada, oí a los perros, a los autos y presentí al sol apareciendo como todos los días por el oriente. Me pregunté si estaba preparado para ver el día, para amanecer.

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