Era el sábado previo a dejar la casa, tal vez los asuntos referentes a mi viaje habían “switcheado” en todos ese oculto interruptor, que enciende el gusto de sentirse o revivirse una hormiguita viajera.
Mi madre ya había contado aquella historia varias veces, aunque aquel sábado pude darme cuenta de cuantos detalles había omitido. Me propuse escuchar atento bajo el sol del mediodía y así lo hice.
Habían partido ella y tres amigas a bordo de una “renoleta”, como llamaban por esos años a lo que hoy sería un utilitario de la marca Renault. Era un automóvil de tamaño reducido, de forma ovalada y de denominación similar a la “citroneta”, de similares características; procedencia francesa, espacio reducido, vidrios redondeados, cuya única diferencia con la antes citada ,era su fabricante.
Habían salido de un pueblito en el sur de Chile un jueves por la mañana, sabiendo que debían pasar primero por algún lugar en el que pudieran cambiar dinero y continuar así su trayecto hacia la Argentina. Aprovecharían el fin de semana largo, tan popular y anhelado desde siempre y sobretodo tan cómplice de aventuras turísticas juveniles.
Yo descubriría aquel sábado el por qué y para qué del viaje que tanto había escuchado a lo largo de mi infancia y cuyas razones jamás me había preguntado. Ese viaje que mi madre cuenta con orgullo nómada y del que resalta entre líneas y con sonrisa adolescente sus estados de ese entonces; joven, soltera, independiente, profesora, ex Unidad Popular, chilena y alguna vez libre.
A qué iban esas cuatro mujeres casi enlatadas dentro de una pequeña maquinita francesa? Qué razón las motivaba a cruzar la cordillera un jueves , cuando sabían que debían estar de vuelta el lunes en el trabajo?
Durante muchos años de haber oído la historia, y de manera inconsciente mi cabeza fue creando algunas teorías ,que hoy saco a la luz , simplemente por el hecho de estar seguro que ninguna de ellas es la correcta:
1.- Grupo de mujeres al borde de una ataque de hormonas.
2.- Grupo de mujeres solidarias a una de ellas que huye de un mal amor (Incluída entre ellas mi madre).
3.- Grupo de mujeres en busca de la dulzura del chocolate de Bariloche anhelándolo en todas sus manifestaciones y formas; en trufa, en rama, en barra, en hombre.
Demasiado predecibles, demasiado ingenuas tal vez, demasiado básicas y simples como para tan largo viaje y en tan poco tiempo.
Mi madre sigue con la historia , sentada en los escalones que dan al jardín trasero de mi casa bajo la mirada atenta de Mariana y mientras la cerveza se calienta entre mis dedos. Sigue contando la historia y cuando la veo me parece que rejuvenece veinte o treinta años. Me parece verla abriendo la ventanilla triangular de la renoleta y sentir el viento helado de la cordillera chocando en su rostro.
El camino fue largo pero suponía un final feliz, de modo que a ninguna se le tornó indeseable, cansado ni agotador. Es de suponer además que cuatro mujeres compartiendo un espacio tan reducido darían pie, por decirlo menos ,a libros bíblicos completos de fluída conversación, capítulos enteros de sus historias pasadas, versículos de aquellas que creyeran posibles, supongo que fue verbórreo y entretenido hasta la puerta del hotel.
El dealer de habitaciones las recibió predispuesto y amable, cualidades de las que hacía mucho no disfrutaban, sobretodo en el pueblo carcomido por el miedo y el toque de queda del que venían. Lastimosamente no había un lugar, ni una cama, ni un chocolate caliente ni un bombón que las abrazara con el calorcito trasandino de la bienvenida.
El hotel en el que pensaban quedarse estaba lleno, seguramente por otras miles de escapistas como ellas, más apresuradas y más previsoras. Sus cuerpos cansados destinados a dormir en la Renoleta pagaron el precio de la osadía femenina del escapismo, purgaron el serpentino vaivén cordillerano sin ninguna recompensa.
El sol de la mañana las despertó ,como si cada rayo fuese una descarga proyectil, un allanamiento de morada militarizado, tempranero y autoritario.
El garage del hotel fue refugio temporal y habitación de paso ,que acoge y da la bienvenida a las viajeras y a su Renoleta a las nieves blancas de la libertad. El encargado del hotel trató de compensar la falta de lugar llevándoles cuatro cortados y unas medialunas tibias que sirvieron para levantar el cuerpo, el ánimo ya estaba preparado y el espíritu empezaba a bañarse en chocolate blanco.
Con la mirada al sol , todavía en las escalinatas de mi jardín y con la cabeza en el citado viaje, pienso en la razón que nos lleva a viajar. Más allá de las razones puntuales de momento y de las circunstancias específicas, pienso en qué nos hace creer que en un lugar estaremos mejor que en otro, o que hace que tengamos las sensación de que cambiando de lugar cambiamos interiormente de ánimo. Lo he pensado varias veces y hoy escuchando la historia de mi madre una vez más logro descubrir que no existe esa razón, que no hay explicación y que lo único que podría, de cierta manera explicarlo ,es la combinación miedo-escape-incertidumbre-satisfacción. Miedo a que se metan en tu casa y te desaparezcan para siempre, miedo a que vayas desapareciendo por no salir de tu casa, miedo a envejecer, a morir, a que se muera dentro de uno aquello que logra aún mantener despiertas las ganas de escapar, de emprender viaje de improviso a Bariloche, a Madrid, a la esquina, a dejarse calentar por el sol en el jardín.
Dos de ellas tenían muy claro a lo que iban, las otras dos eran simplemente cómplices inconscientes de la travesía, ansiosas por conocer esa famosa discoteca del tobogán y dejarse llevar por el clímax de la caída esperaban con impaciencia la noche barilochana.
Y la noche finalmente llegó presentándose como el final de un día de paseítos por el boulevard de los chocolates, de tours por Benroth, Fenoglio, Mamuschka y Frantom, y cada trufa fue una bala, y cada rama fue un fusil, cada dosis de chocolate una granada de serotonina directa al cerebro.
Fue ese mismo chocolate el que terminó de aclararles las ideas a las dos que sabían a lo que iban -entre ellas mi madre- y se decidieron a separarse del grupo y buscar el local.
“Chocolates del Turista” se llamaba la pequeña chocolatería cuya fachada recubierta de tablones de madera le daba aspecto de casita de cuento.
Entraron con propiedad y pidieron por el administrador. Mientras esperaban, sintieron el olor a chocolate caliente mezclándose con el humo de sus respectivos cigarrillos, echaron una mirada a la renoleta estacionada en la calle de enfrente y esperaron hasta que las hicieron pasar.
El administrador las recibió en una especie de bodega-cava donde el olor a bombones era tan fuerte ,que debieron encender otros cigarrillos que les sirvieron también para aplacar los nervios. El administrador les pidió disculpas por haberlas dejado sin hotel la noche anterior, y les explicó que debió ocupar sus reservas pagándole al encargado del hotel ,ya que lo más seguro era que no hubiera ningún registro de su paso por Bariloche. Les agradeció su compromiso y su valentía y les explicó detalladamente lo que debían hacer para regresar seguras.
Dos empleados de “Chocolates del Turista” las acompañaron hasta el auto llevando seis cajas de madera pirograbada con el logotipo del local. Pequeñas inscripciones en los laterales dejaban clara la categoría y la denominación de origen: “Chocolate Artesanal Argentino de Exportación”.
Suben a la renoleta y mientras se dirigen a encontrarse con el resto del cuarteto en la discoteca del tobogán, ninguna de las dos emite sonido, mi madre fuma y bota grandes bocandas por la ventolera, el humo se pierde al mezclarse con otros humos. Vienen de chimeneas que calientan a otros turistas que en pequeños hostales y posadas han venido de otros lugares y con otros propósitos y que como ellas llevarán también cargamentos de chocolates artesanales de exportación, sólo que más inofensivos y menos necesarios que los que esas dos mujeres llevan en la cajuela de su Renoleta.
Mariana y yo, como dos trufas al sol escuchamos derretidos la historia y nos cuesta creerla. Casi sincronizadamente nos miramos y dentro nuestro algo comienza a explicarnos que puede se cierta, que es cierta. Comprendemos y relacionamos que aquella mujer ,que hace más de treinta años traficaba armas para la resistencia anti dictadura ,escondidas entre cajas de chocolate artesanal argentino, es la misma que ha resistido a miles de otras historias tal vez más peligrosas, dolorosas y extremas. Que es la misma que ha traficado con el dolor y la pena, escondiéndolos cuando había que esconderlos, que es la misma que ha abierto las puertas de su casa-hotel a los que huyen de su propias dictaduras, llenándoles el corazón de chocolate.
El grupo de mujeres se encuentra nuevamente en la discoteca del tobogán y no resisten lanzarse todas juntas desde la parte más alta. Bailan, toman whisky, fuman y se permiten coquetear con uno que otro lugareño.
Uno de ellos le pregunta a mi madre qué estuvieron haciendo, , ella le responde instantáneo: “Comprando chocolates, algo hay que llevarle a los amigos”.