sábado, 14 de agosto de 2010

Renoleta

Era el sábado previo a dejar la casa, tal vez los asuntos referentes a mi viaje habían “switcheado” en todos ese oculto interruptor, que enciende el gusto de sentirse o revivirse una hormiguita viajera.

Mi madre ya había contado aquella historia varias veces, aunque aquel sábado pude darme cuenta de cuantos detalles había omitido. Me propuse escuchar atento bajo el sol del mediodía y así lo hice.


Habían partido ella y tres amigas a bordo de una “renoleta”, como llamaban por esos años a lo que hoy sería un utilitario de la marca Renault. Era un automóvil de tamaño reducido, de forma ovalada y de denominación similar a la “citroneta”, de similares características; procedencia francesa, espacio reducido, vidrios redondeados, cuya única diferencia con la antes citada ,era su fabricante.

Habían salido de un pueblito en el sur de Chile un jueves por la mañana, sabiendo que debían pasar primero por algún lugar en el que pudieran cambiar dinero y continuar así su trayecto hacia la Argentina. Aprovecharían el fin de semana largo, tan popular y anhelado desde siempre y sobretodo tan cómplice de aventuras turísticas juveniles.

Yo descubriría aquel sábado el por qué y para qué del viaje que tanto había escuchado a lo largo de mi infancia y cuyas razones jamás me había preguntado. Ese viaje que mi madre cuenta con orgullo nómada y del que resalta entre líneas y con sonrisa adolescente sus estados de ese entonces; joven, soltera, independiente, profesora, ex Unidad Popular, chilena y alguna vez libre.

A qué iban esas cuatro mujeres casi enlatadas dentro de una pequeña maquinita francesa? Qué razón las motivaba a cruzar la cordillera un jueves , cuando sabían que debían estar de vuelta el lunes en el trabajo?

Durante muchos años de haber oído la historia, y de manera inconsciente mi cabeza fue creando algunas teorías ,que hoy saco a la luz , simplemente por el hecho de estar seguro que ninguna de ellas es la correcta:

1.- Grupo de mujeres al borde de una ataque de hormonas.

2.- Grupo de mujeres solidarias a una de ellas que huye de un mal amor (Incluída entre ellas mi madre).

3.- Grupo de mujeres en busca de la dulzura del chocolate de Bariloche anhelándolo en todas sus manifestaciones y formas; en trufa, en rama, en barra, en hombre.

Demasiado predecibles, demasiado ingenuas tal vez, demasiado básicas y simples como para tan largo viaje y en tan poco tiempo.

Mi madre sigue con la historia , sentada en los escalones que dan al jardín trasero de mi casa bajo la mirada atenta de Mariana y mientras la cerveza se calienta entre mis dedos. Sigue contando la historia y cuando la veo me parece que rejuvenece veinte o treinta años. Me parece verla abriendo la ventanilla triangular de la renoleta y sentir el viento helado de la cordillera chocando en su rostro.

El camino fue largo pero suponía un final feliz, de modo que a ninguna se le tornó indeseable, cansado ni agotador. Es de suponer además que cuatro mujeres compartiendo un espacio tan reducido darían pie, por decirlo menos ,a libros bíblicos completos de fluída conversación, capítulos enteros de sus historias pasadas, versículos de aquellas que creyeran posibles, supongo que fue verbórreo y entretenido hasta la puerta del hotel.

El dealer de habitaciones las recibió predispuesto y amable, cualidades de las que hacía mucho no disfrutaban, sobretodo en el pueblo carcomido por el miedo y el toque de queda del que venían. Lastimosamente no había un lugar, ni una cama, ni un chocolate caliente ni un bombón que las abrazara con el calorcito trasandino de la bienvenida.

El hotel en el que pensaban quedarse estaba lleno, seguramente por otras miles de escapistas como ellas, más apresuradas y más previsoras. Sus cuerpos cansados destinados a dormir en la Renoleta pagaron el precio de la osadía femenina del escapismo, purgaron el serpentino vaivén cordillerano sin ninguna recompensa.

El sol de la mañana las despertó ,como si cada rayo fuese una descarga proyectil, un allanamiento de morada militarizado, tempranero y autoritario.

El garage del hotel fue refugio temporal y habitación de paso ,que acoge y da la bienvenida a las viajeras y a su Renoleta a las nieves blancas de la libertad. El encargado del hotel trató de compensar la falta de lugar llevándoles cuatro cortados y unas medialunas tibias que sirvieron para levantar el cuerpo, el ánimo ya estaba preparado y el espíritu empezaba a bañarse en chocolate blanco.

Con la mirada al sol , todavía en las escalinatas de mi jardín y con la cabeza en el citado viaje, pienso en la razón que nos lleva a viajar. Más allá de las razones puntuales de momento y de las circunstancias específicas, pienso en qué nos hace creer que en un lugar estaremos mejor que en otro, o que hace que tengamos las sensación de que cambiando de lugar cambiamos interiormente de ánimo. Lo he pensado varias veces y hoy escuchando la historia de mi madre una vez más logro descubrir que no existe esa razón, que no hay explicación y que lo único que podría, de cierta manera explicarlo ,es la combinación miedo-escape-incertidumbre-satisfacción. Miedo a que se metan en tu casa y te desaparezcan para siempre, miedo a que vayas desapareciendo por no salir de tu casa, miedo a envejecer, a morir, a que se muera dentro de uno aquello que logra aún mantener despiertas las ganas de escapar, de emprender viaje de improviso a Bariloche, a Madrid, a la esquina, a dejarse calentar por el sol en el jardín.

Dos de ellas tenían muy claro a lo que iban, las otras dos eran simplemente cómplices inconscientes de la travesía, ansiosas por conocer esa famosa discoteca del tobogán y dejarse llevar por el clímax de la caída esperaban con impaciencia la noche barilochana.

Y la noche finalmente llegó presentándose como el final de un día de paseítos por el boulevard de los chocolates, de tours por Benroth, Fenoglio, Mamuschka y Frantom, y cada trufa fue una bala, y cada rama fue un fusil, cada dosis de chocolate una granada de serotonina directa al cerebro.

Fue ese mismo chocolate el que terminó de aclararles las ideas a las dos que sabían a lo que iban -entre ellas mi madre- y se decidieron a separarse del grupo y buscar el local.

“Chocolates del Turista” se llamaba la pequeña chocolatería cuya fachada recubierta de tablones de madera le daba aspecto de casita de cuento.

Entraron con propiedad y pidieron por el administrador. Mientras esperaban, sintieron el olor a chocolate caliente mezclándose con el humo de sus respectivos cigarrillos, echaron una mirada a la renoleta estacionada en la calle de enfrente y esperaron hasta que las hicieron pasar.

El administrador las recibió en una especie de bodega-cava donde el olor a bombones era tan fuerte ,que debieron encender otros cigarrillos que les sirvieron también para aplacar los nervios. El administrador les pidió disculpas por haberlas dejado sin hotel la noche anterior, y les explicó que debió ocupar sus reservas pagándole al encargado del hotel ,ya que lo más seguro era que no hubiera ningún registro de su paso por Bariloche. Les agradeció su compromiso y su valentía y les explicó detalladamente lo que debían hacer para regresar seguras.

Dos empleados de “Chocolates del Turista” las acompañaron hasta el auto llevando seis cajas de madera pirograbada con el logotipo del local. Pequeñas inscripciones en los laterales dejaban clara la categoría y la denominación de origen: “Chocolate Artesanal Argentino de Exportación”.

Suben a la renoleta y mientras se dirigen a encontrarse con el resto del cuarteto en la discoteca del tobogán, ninguna de las dos emite sonido, mi madre fuma y bota grandes bocandas por la ventolera, el humo se pierde al mezclarse con otros humos. Vienen de chimeneas que calientan a otros turistas que en pequeños hostales y posadas han venido de otros lugares y con otros propósitos y que como ellas llevarán también cargamentos de chocolates artesanales de exportación, sólo que más inofensivos y menos necesarios que los que esas dos mujeres llevan en la cajuela de su Renoleta.

Mariana y yo, como dos trufas al sol escuchamos derretidos la historia y nos cuesta creerla. Casi sincronizadamente nos miramos y dentro nuestro algo comienza a explicarnos que puede se cierta, que es cierta. Comprendemos y relacionamos que aquella mujer ,que hace más de treinta años traficaba armas para la resistencia anti dictadura ,escondidas entre cajas de chocolate artesanal argentino, es la misma que ha resistido a miles de otras historias tal vez más peligrosas, dolorosas y extremas. Que es la misma que ha traficado con el dolor y la pena, escondiéndolos cuando había que esconderlos, que es la misma que ha abierto las puertas de su casa-hotel a los que huyen de su propias dictaduras, llenándoles el corazón de chocolate.

El grupo de mujeres se encuentra nuevamente en la discoteca del tobogán y no resisten lanzarse todas juntas desde la parte más alta. Bailan, toman whisky, fuman y se permiten coquetear con uno que otro lugareño.

Uno de ellos le pregunta a mi madre qué estuvieron haciendo, , ella le responde instantáneo: “Comprando chocolates, algo hay que llevarle a los amigos”.

Planta

Una planta, un cenicero, la cortina, el espejo, los zapatos y la alfombra; todo lo veía azul. Tendido en el piso con los ojos dilatados a punto de cerrarse, la habitación entera se mostraba fría como el invierno que hace tanto no veía. Buscó entre los discos que tenía a mano y no dio con ninguno que le apeteciera escuchar, no se extrañó, hacía ya bastante tiempo que la música no le causaba la sensación de antes, le venía fastidiando desde hace tiempo, los pocos recuerdos que le traía eran siempre dolorosos, tristes.

Quiso llamar por teléfono pero la línea estaba cortada, nunca se acordó la fecha en que vencía la factura y ni siquiera sabía desde cuando estaría muerta. Lo mismo le pasaba con él mismo. ¿Desde cuándo estaba en aquel estado decadente viendo todo azul y reptando por las paredes?, quien lo sabe, cabe la posibilidad que desde siempre.

Afuera supuestamente había un mundo que se movía vivo y latente como una vena reventando de sangre, eso era afuera y ese era otro mundo, uno que no sabía nada de él, uno que todavía oía canciones del pasado y sentía algo adentro,¡ vaya fortuna!

No tenía la más leve intención, al menos por ahora, de volver a visitarlo ni de sumergirse en sus laberintos, en sus mentiras, en sus mañanas calurosas, en su tráfico despiadado ni en el saludo cordial de sus vecinos.

Para qué sembrar una planta, para tener que regarla dos veces por semana y quitarle las hojas muertas, quién hace con él lo mismo, quién le alcanza los discos que le gustaría oír o le recuerda que tiene que pagar la cuenta del teléfono.

Se levanta como puede tratando de caminar con el cuerpo erguido y los ojos abiertos, como lo haría cualquier ser humano normal, pero ha perdido la costumbre y la normalidad así que vuelve a reptar como pidiendo disculpas por haberlo intentado. Vuelve a sentir que es una mierda una vez más y no logra entender por qué ni durante cuánto tiempo lo ha sido y lo seguirá siendo. El azul se hace cada vez más insoportable y cada minuto revive alguna melodía que no puede descifrar en su cabeza de mierda y cansancio.

Llora como un niño grande que sabe que no existe consuelo ni abrigo para un dolor tan grande, tal vez en ese mundo de afuera del que no quiere ser parte otro llorará más fuerte y más triste y reptará igual que él buscando algo que como él no tiene la más puta idea de lo que es, pero es poco probable y al fin de cuentas ni siquiera le importa.

Entonces qué hace, cómo se quita el azul de encima y cómo se para , aunque sea para seguir vivo fuera de ese mundo , pero dentro del suyo. Si lo supiera o si al menos tuviera la más mínima pista. No hay nada, ni una sola señal ni un pasadizo secreto ni una puerta , ni un boleto. Las lágrimas han comenzado a inundar el cuarto y el azul se ha tornado en un celeste pálido como el cielo en la madrugada, se ha mojado la alfombra y han crecido algas entre los tejidos; con sólo abrir la puerta estará a salvo, pero parece no considerarlo como opción válida de escape. Los últimos minutos son los únicos felices y traen consigo visiones del futuro que dejó escapar: fotos, bailes, roces, pequeños , majestuosos cuentos y sonidos, aires que traen olores a tierra mojada y a cigarrillo.

Finalmente se inunda todo, el celeste se torna blanco y se disuelve.

Antonia

Sabía que debía bajarse en la segunda estación, era lo único que tenía claro, eso y la imagen que había visto en su sueño la noche anterior. Había soñado que a través de un camino empedrado subía hacia una montaña, lo extraño era que todo se veía como en un dibujo animado, con colores fosforescentes;, aquellos colores se le hacían extrañamente similares a los que ahora veía por las ventanillas del tren destartalado en el que viajaba.

El cielo la acompañaba callado y cómplice y el olor de los pinos que se extendían por el borde del camino y que se perdían en el trayecto, le aseguraban que estaba próxima a arribar.

Ese mismo fosforescente de su sueño se tornaba ahora real , manifestándose en las medias y los chales de las mujeres que se aprestaban a subir al tren. Iban apresuradas, hablando entre si en aquel idioma que nunca pudo comprender.

- El volcán, mira mira ... despejadito

Escuchó decir a un niño de mejillas coloradas , quien después de entrar la cabeza por la ventana se escondía bajo la falda de su madre y la miraba con desconfianza.

El tren se detuvo bruscamente, un vómito incontenible brotó de su cabeza, el jugo biliar reprimido durante doce meses ensució la pureza de aquel cielo despejado e inundó aquel aire familiar de una nostalgia profunda, casi desgarradora.

- Septiembre... , pensó, y el viento chocando rudo contra su cara delgada , confirmó el pensamiento con un soplido retumbante y musical, como el de un compás de bombo y platillo. Levantó la vista como si estuviese buscando el principio de aquel sonido , pero no pudo, vio sólo a las mujeres de los chales fosforescentes corriendo por el puente. Corrió ella también y el viento aclaró sus recuerdos.

Hacía doce meses, exactamente en esa misma fecha Antonia había llegado por primera vez a esa misma pequeña ciudad, venía viajando desde el Perú tomando fotografías en cada pueblito y a cada fiesta popular. Traía la piel reseca producto de varios meses en el inhóspito desierto peruano aunque dentro de su cuerpo también se movía peligrosa la humedad pegajosa de los pueblos de la costa.

Llegó , y su única certeza era que debía fotografiar la fiesta de la virgen de Mercedes que se desarrollaba cada año en la ciudad, la misma que gozaba de gran notoriedad por su colorido y su extraña mezcla de paganismo y devoción.

Era una mañana soleada y el viento parecía llevarla de la mano invitándola a recorrer esas angostas y empedradas calles. Caminó por mucho tiempo y al fin fue a dar con la comparsa de bailarines, abanderados e insólitos personajes , completamente ajenos a los que había visto en su largo recorrido fotográfico por el folcklore de esta parte del mundo y a los que guardaba celosamente en una colección de álbumes . Se movían todos sincronizados, sonrientes, mirando al cielo con sorprendente concentración.

Se dispuso a disparar, se ubicó en los lugares supuestamente idóneos tanto en lo que a luz y encuadre se refiere , pero el tumulto y el calor no le permitieron más que una o dos tomas. Estaba acostumbrada a capturar , costara lo que costara , las imágenes que le parecieran interesantes así que decidió adentrarse dentro del desfile mismo, dispuesta a incorporar cada detalle de aquella fiesta a su colección. Después de luchar con mujeres, niños y pisotones se encontró con la música tan cerca de sus oídos y tan dentro de sus huesos, que no se dio cuenta cuando estuvo ya en otra calle y en medio de otro grupo de bailarines.

Las fotografías fluían una tras la otra, cada imagen capturada ahora iba acompañada de un platillo, de una nota de saxofón, de un redoble de bombo.

El calor era sofocante , Antonia lo aplacaba con largos sorbos de las bebidas dulces y acarameladas que le brindaban sus compañeros de trayecto.

La comparsa parecía ser eterna, las piernas de los bailarines al compás de la melodía y de los ¡viva la virgencita de Mercedes! eran como un rollo interminable donde cada instantánea parecía volver a recargarlo ,revelando la pasión de ese grupo de almas. Antonia caminaba y sentía que empezaba también a bailar , pero el cuerpo le pedía a gritos un descanso. Se sentó en la vereda un tanto mareada, pero habían tantas posibles fotografías interesantes que se propuso un descanso minúsculo para luego seguir con su tarea; casi al instante de haberse sentado uno de los bailarines se acercó a ella, parecía ser un hombre, vestía completamente de blanco, su cara estaba teñida del mismo color y en ella se dibujaban de extremo a extremo una infinidad de líneas negras perfectamente delineadas. El original personaje la agarró de la mano y la obligó a seguir su curso mientras pronunciaba: - “Cotopaxi” “Chimborazo” “Carihuairazo” dando grandes brincos, Antonia se dejó llevar, fueron vueltas y vueltas, piruetas, saltos, un poco de movimiento. Flashes y disparos salían de la cámara reteniendo cada momento. Bailaron y rieron hasta que en un momento ya no pudo recordar nada más.

Cuando recobró la razón se encontró pretendiendo quitar la pintura del rostro de aquel hombre, estaban abrazados, en un callejón oscuro y desolado. Talvez el sonido lejano de la música , que aún sonaba, le quitó el miedo que normalmente hubiera sentido en una situación como aquélla .

Se apartó lentamente del sujeto, pero éste no pareció inmutarse y continuó inmóvil, retrocedió unos pasos y a un costado vio su cámara tirada en el piso, abierta como si hubiera sido forzada y sin el rollo donde había guardado las almas y la pasión de toda esa gente.

Un silencio largo y desesperante se interpuso entre los dos hasta que el hombre reaccionó como si hubiera despertado bruscamente de una pesadilla ; la miró y sonrió tiernamente. Antonia, mezcla de impotencia y cólera lo observó y se dirigió a él:

- Qué hiciste, qué pasó con mi cámara?

- Antonia – dijo él ,observándola con compasión

- No se acuerda del baile, de la música, escuche si todavía suena

- Mi cámara, mis fotos...

- Sus recuerdos, - sonrió el hombre mirando hacia el cielo negro y profundo

- Se fueron, se borraron con el ritmo de la música que bailamos todo el día ... le molesta?

Antonia no alcanzó a entender lo que pasaba, se sintió burlada por ese desconocido pintado de blanco, pero no podía más que verlo y tratar de recordar los recuerdos que ya no tenía.

- No son necesarias sus fotografías ahora, no son necesarias las imágenes hoy día, lo que debe importarle ahora no es ver. Sienta ese sonido, ese tambor, como se mezcla con el silencio que viene de la montaña.

Contempló su cámara sobre el empedrado y cuando levantó la vista el hombre ya no estaba, sólo sonaba la música y el cielo parecía venírsele encima.

Hoy, un año después, Antonia corre por ese puente con el viento golpeando su cara, ya no trae la cámara y no sabe con seguridad a que vuelve a la pequeña ciudad. Corre hasta encontrar la comparsa como lo ha hecho un año antes. Se detiene y le parece ver nuevamente al hombre vestido de blanco bailando con un grupo de forasteros , entra al desfile y comienza a bailar casi instintivamente, hace el mismo recorrido del pasado septiembre , pero le parece que lo hace por primera vez. Así está hasta entrada la tarde.

Cuando la comparsa empieza a subir una cuesta alcanza a distinguir el callejón oscuro; escenario del insólito incidente de hace un año ; camina hasta la angosta callecita y la ve vacía, en el suelo empedrado una fotografía se ilumina con los últimos rayos de sol de la tarde, la levanta con temor y se ve en ella, completamente feliz bailando dentro de un círculo de hombres vestidos de blanco. La mira por unos segundos y vuelve a depositarla en el mismo lugar.

Corre hacía la comparsa metiéndose en el medio. “Cotopaxi”, “Chimborazo” “Carihuairazo” escucha casi como un susurro en su oído , cierra los ojos y puede al fin sentir la música.

Saliva

Creía estar coqueteándole, sin siquiera darse cuenta que le estaba escupiendo en la cara esa saliva con olor a tequila y borrachera. Ella lo mira de la misma manera que miraba a su padre, entre el temor y el orgullo, no podía negar que el estado de su acompañante le gustaba, le hacía sentir más fuerte, le hacía ver que por alguna vez ella tenía el control.

El borracho iba y venía creyendo que aún era capaz de dominar su cuerpo, las gotas de saliva en la cara de su compañera demostraban lo contrario. La situación comenzaba a volverse tensa para el hippie de la mesa de al lado y su compañera que podría ser inclusive su madre, lo mismo para la noruega de pelito corto que lee en medio del bochinche sin darse cuenta que está en un bar y que son la una y treinta y dos minutos de la madrugada. El borracho se levanta bruscamente con la cuenta en la mano, empieza reclamando con los aires propios de una botella de tequila en la sangre, luego se va encogiendo, chupando, como los limones que acaba de succionar, pero vuelve airoso con aquella frase , que en el fondo le encanta hacer pública a esa hora de la mañana: “Aunque me estás viendo la cara de cojudo, toma tus treinta y siete dólares y que te aprovechen”, el barman lo mira indiferente, es la historia de todas las noches y se la sabe de memoria.

La noruega se asusta y cierra el libro sin marcar la página, los meseros se acercan al estafado y pretenden calmarlo inútilmente. El barman acepta los treinta y siete dólares , pero por un momento piensa en el aquel pobre hombre, el reloj incrustado en su sistema le recuerda que no le pagan por pensar en el cliente, con lo que le pagan a duras penas todavía se reconoce él mismo.

¡Gracias! – se oye desde el fondo.

Es la señal de que el bar está cerrando , más allá de los quejidos de un borracho que se siente estafado y del primer beso que ya le ha dado la cuarentona al hippie, ni que decir de la guía de hoteles y lugarcitos turísticos que la noruega venía subrayando desde el inicio del escándalo.

En la puerta ,dos hombres vestidos idénticos ,esperan la salida del señor y la señora; los ven bajar, él todavía exaltado y retorciéndose como una coctelera, con las dos últimas gotas que le quedan a la botella de tequila y un shot ,que se ha traído en señal de venganza a la estafa que le han cometido. La mujer tras él sosteniéndolo con dificultad, llevándolo,

como la marioneta que le hubiera gustado maniobrar ,pero no pudo.

Lo apoya a la puerta del auto y camina hacia el bar. Sube las escaleras casi con desespero, en cuanto entra al lugar se calma y da la impresión de que camina hasta la barra, al compás de una de esas canciones que sólo sirven para sacar a la gente de un bar.

Se apoya en el mesón y con un dedo llama al barman, lo besa en los labios y le parece que es ella ahora quien tiene un olor insoportable a tequila.

Está en la calle sola, rodeada solamente por un grupo de metaleros de chaqueta negra y pantalones apretados, le parece que más de alguno la mira detenidamente, lamentablemente hace tanto que no camina por la calle, que su primer pensamiento se dirige más hacia el asalto, la violación, el secuestro y la desgracia ,que al hecho de que

tiene un buen culo y que son las dos de la mañana.

Camina, tose, corre, corre más rápido , porque cree que alguien la sigue, se limpia la saliva de la cara, se cambia de vereda, los taxis le coquetean, le ofrecen basuko, hot dogs, 2x1 en un bar, parece que todos estaban esperándola ;la calle es para quien tiene cosas que decir, a esos no les importa el frío ni la hora ni el miedo.

Quiere bailar salsa, pero no tiene plata para pagarle a un negro que le enseñe, además le duelen los pies. Se sienta en un banco a esperar que pase algo; un taxi le vuelve a hacer luces; la noruega, ajena a todo, entra en un hostal que parece extrañamente noruego.

Se levanta ligeramente del banco y trata de escuchar la conversación de dos muchachos, hablan de la arquitectura de la zona, de los colores de las casas, del olor de esas calles, cree que están actuando para tenderle una trampa, que la han seguido durante meses para hacerle cualquier cosa. Pero los muchachos se suben a un taxi y se van sin siquiera verla.

Se levanta y se resigna, camina decidida a encontrarse con su acompañante, al fin y al cabo un poco de saliva en la cara no le harán tanto daño.


Delicias de Chejov

Esa noche leía un cuento de Chejov. Los nombres propios en ruso los salteaba, siempre había tenido problemas con los idiomas – para quitarme esa culpa trataba de pronunciarlos en voz alta una y otra vez-. Para eso eran ya las cuatro y cuarenta, se presentía cercano el cyan agudo de la madrugada, los perros, los autos, y el sol. Cuánto miedo les tenía, no sé hasta ahora por qué.

Un vientecillo se colaba no sé por donde y Chejov pedía a gritos que lo cerrara, pero el cuento era interesante y parecía transportarme hacia la Rusia de ladrones de caballos, de mujeres robustas y misteriosas, de hombres dispuestos a todo por defender su honor y el de Rusia, por consiguiente. Me pregunté si Chejov estaría preparado para ver a Rusia hoy. Me pregunté si estaba yo preparado para ver el día siguiente, para amanecer.

Había llegado a casa hacía unos cuarenta minutos tras un día fastidioso y sin mayores novedades en la librería, salvo por el encuentro que había tenido con una mujer ,durante el almuerzo,; era una antigua clienta que solía ir los fines de mes y se llevaba dos o tres libros, casi siempre de cocina exótica, afrodisíacos y temas afines.

Después de un almuerzo bastante grato ,mi clienta me invitó a su casa esa noche, me había contado que vivía con su madre en un departamento al oriente de la ciudad. A la muerte de su padre habían quedado las dos solas en el mundo y ella no había tenido valor para irse a vivir en otro lado.

Le dije que estaba un poco cansado – no quise imaginar a la señorita y a su madre conversando de recetas y pócimas del amor- pero ella insistió. Con desgano me vi aceptando y quedamos en vernos a las ocho.

La tarde transcurrió lenta y pesada; dos chiquillas adolescentes buscaban un libro de autoayuda, un hombre maduro preguntó tímidamente si tenía algo erótico a lo que respondí afirmativamente. Una pareja se escabullía entre los estantes más en actitud de alegres y románticos novios ,que en busca de literatura; aunque fuese de la más burda y barata.

Al fin las seis, me recorría una sensación extraña, mezcla de alivio de escapar de aquella pasarela de personajes decadentes y de pereza, al pensar que me había comprometido con la señorita y tendría que asistir a la invitación.

Toqué a la puerta y una mujer de unos cincuenta y cinco años me abrió atenta y sonrientemente. El departamento era viejo o al menos el maltrato y el descuido le daban ese aspecto. Oscuro, con pesadas cortinas verdes y unos muebles de cuero de los setenta, decorado con una gran cantidad de figuritas de porcelana que le daban aspecto de bazar.

En silencio la mujer me acompañó a la sala, sujetándome del brazo con sus manos gruesas y casi sin arrugas, olía a perfume barato de durazno y a pesar de su calma parecía estar algo inquieta, como esperando algo o a alguien.

Sobre la mesa del comedor una cantidad exorbitante de platillos; de todos los tamaños, formas, colores y aromas. Desde rosáceos camarones hasta negras y relucientes aceitunas, sobre una de ellas el diminuto dedo de mi clienta saludándome y festejando que hubiera aceptado la invitación.

Sus manos se movían sutilmente y resaltaban de manera especial , tal vez por ser lo más protuberante de su cuerpo pequeño y delgado, su cabello negro en el que ya asomaban algunas canas le hacía aparentar muchos más de los treinta y dos años que tenía.

La madre puso algo de música – a tan bajo volumen que no pude distinguir qué y quién sonaba- nos sentamos en los sillones de cuero y comentamos sobre cómo había cambiado el clima, lo inseguro que les resultaba vivir solas en el sector oriente y sobre otras muchas trivialidades.

Mientras transcurría la conversación, mis anfitrionas fueron ofreciéndome uno a uno los platillos de la mesa, en realidad en un principio me los ofrecían, más tarde me encontraba yo casi imantado a la mesa probando uno tras otro aquellos deliciosos manjares ,y agradeciendo haber aceptado la invitación aunque fuese para deleitarme con tan deliciosa comida.

Serían ya las once y de los platos de la mesa sólo quedaban restos, la conversación continuaba siendo tan aburrida como en un comienzo y una sensación extraña me recorría los huesos, cambiaba de posición y movía las manos con rapidez. Madre e hija me miraban atentamente y pude darme cuenta cómo se hacían cómplices en una risita burlona y tal vez un tanto sensual.

Levanté la vista hacia el mueble tras la mesa, entre tazas y copas de coñac la colección completa de recetas afrodisíacas; “Sabores para no dormir”, “La magia del chocolate” y otras decenas de títulos en ese estilo me hicieron comprender. Me pareció ver impreso en una pasta “Como seducir a un vendedor de libros”, eran tantos títulos y todos se presentaban tan escalofriantes en ese momento que no puedo ahora separar la realidad de las alucinaciones propias de aquel estado.

Completamente aturdido pretendí, en vano, recordar los sabores que había degustado horas antes y entonces las vi. Madre e hija; cómplices, inclementes, dominadas por un sentimiento que las hacía ver como dos fieras dispuestas a devorar a su presa hasta el último bocado, decididas viniendo hacia mi.

Lo que sucedió después prefiero omitirlo con afán de preservar mi salud mental y me atrevería a decir que incluso la del lector, me permito solamente acotar que hubiera preferido morir en manos de una misteriosa mujer rusa o ajusticiado por un ladrón de caballos en un frío invierno soviético.

No se cómo llegué a casa, lo único que recuerdo es que tenía sueño y me dolía el estómago. Quise dormir, pero se me hizo imposible ,así que opté por leer un poco. Me decidí por un libro de cuentos de Chejov que estaba sobre el velador. Cuando empezaba a leer me distraje viendo hacia la ventana, vi el cyan agudo de la madrugada, oí a los perros, a los autos y presentí al sol apareciendo como todos los días por el oriente. Me pregunté si estaba preparado para ver el día, para amanecer.